Es responsabilidad de la escuela aportar herramientas para que las y los jóvenes analicen críticamente las condiciones del entorno que influyen en su formación, así como desarrollar las competencias y capacidades cognitivas, sociales y emocionales que les permitan desplegar su potencial, convivir mejor y acceder a mayores niveles de bienestar.


Un proceso de educación social y emocional que haga visible la influencia del ambiente y fomente habilidades socioemocionales, para la autorregulación, la determinación, la conciencia social o el comportamiento prosocial, no sólo transformará la vida de las y los estudiantes, sino que irá promoviendo el desarrollo de mejores sociedades a través del cambio en las relaciones hacia sí mismos y hacia los demás.

En este proceso formativo, la escuela puede, por ejemplo, hacer visibles los mecanismos que naturalizan la desigualdad de género y configuran identidades femeninas y masculinas cargadas de prejuicios y estereotipos que traen como consecuencia el hecho de que muchas jóvenes consideren que no tienen la suficiente capacidad para desempeñarse con éxito en asignaturas como Matemáticas o Ciencias Naturales o incluso en actividades deportivas.