Es responsabilidad de la escuela aportar herramientas para que las y los jóvenes analicen críticamente las condiciones del entorno que influyen en su formación, así como desarrollar las competencias y capacidades cognitivas, sociales y emocionales que les permitan desplegar su potencial, convivir mejor y acceder a mayores niveles de bienestar.
En este proceso formativo, la escuela puede, por ejemplo, hacer visibles los mecanismos que naturalizan la desigualdad de género y configuran identidades femeninas y masculinas cargadas de prejuicios y estereotipos que traen como consecuencia el hecho de que muchas jóvenes consideren que no tienen la suficiente capacidad para desempeñarse con éxito en asignaturas como Matemáticas o Ciencias Naturales o incluso en actividades deportivas.





